jueves, 24 de noviembre de 2011

LA ESCLAVITUD DE LA ADICCIÓN SEXUAL

Actualizado 23 noviembre 2011
La esclavitud de la adicción sexual

                El tema es siempre de rabiosa actualidad, ya que los instintos tiran fuerte y no perdonan. La sexualidad, o se la ve desde la condición de seres humanos, o nos puede convertir en bestias. Muchos no quieren entenderlo, y desbocados se lanzan a un abismo que no es tan natural como nos quieren hacer ver. Cuando eludimos unos principios éticos y morales, y dejamos suelta la voluntad, nos enfrascamos en un relativismo que nos lleva a cualquier puerto, da igual, porque al no tener metas ni programas de vida, la humanidad enloquece. Decía un pensador francés: “La humanidad se ha ido de vacaciones”. Todo se puede convertir en una diversión, incluso lo más sublime y sagrado.
He leído un artículo de Luis Ignacio Batista que me ha gustado por la claridad con que denuncia la esclavitud de la adicción sexual. Lo ofrezco íntegro al lector por si le aclara algunas ideas:
La cuestión de la adicción sexual es un problema más duro y extendido de lo que parece. Se cree que la así llamada «liberación sexual», más que libertad, acarrea una ávida esclavitud porque, como bien dice el psicólogo Miguel Ángel Fuentes, «en el plano de la sexualidad, siendo tan fundamental el instinto sexual y tan intensos los placeres que produce, un comportamiento desordenado es potencialmente adictivo» («La Trampa Rota», p. 41). Ese comportamiento desordenado es justamente en lo que ha promovido la liberación sexual.
¿Por qué decimos que acarrea adicción algo que es lo más natural como la práctica sexual? Tomemos en primer lugar una definición de adicción:
«Es un estilo de conducta en el que los modos de pensar y sentir de un individuo, o sus relaciones con los demás, manifiestan claramente que la persona ha perdido el control de su comportamiento, a pesar de haber intentado frenarlo con poco, o ningún, resultado positivo» (J. Harvey, «The Truth about homosexuality», p. 143).

Quien se dedica a dar rienda suelta a su instinto sexual y alimentarlo de mil maneras diferentes –miradas, pensamientos, pornografía, etcétera– no hace más que ir arraigando hábitos de placer que conforme pasa el tiempo son más difíciles de satisfacer. A esto se le conoce como la ley del contraste (cf. R. Lucas, «El hombre espíritu encarnado», p. 30): al satisfacer un placer, el siguiente debe superar el nivel de placer del anterior.
De este modo, según indican los expertos en estos temas, el adicto sexual busca más placer al punto de ir aumentando las «actividades sexuales», la frecuencia de éstas y, todavía más peligroso, la intensidad al agregar otro tipo de actividades más riesgosas.
De esta manera, un placer tiene que ser mayor que el anterior. Obviamente esto es insostenible porque, como humanos, tenemos límites. Y en casos extremos se llega a terribles atrocidades como el sadomasoquismo sexual. Como dice la definición que dimos más arriba, la adicción hace que se pierda paulatinamente el control sobre el cuerpo.
Esto se puede ver con más claridad en los niveles de adicción que diversos expertos han evaluado. Los transcribimos tal cual aparecen en un estudio de Miguel Ángel Fuentes:
Primer nivel: adicción a formas de lujuria solitaria. Aquí pueden comprenderse todos los comportamientos que impliquen un uso solitario y adictivo del sexo; puede darse, por ejemplo, a modo de:
Adicción al romance sexual imaginario, fantasía erótica (pensamiento y deseo).
Adicción a la masturbación.
Adicción a la pornografía (o voyeurismo en primeros grados). Me refiero a la pornografía hetero y homosexual que todavía no ha llegado al grado de perversión (a diferencia de la que indicaremos en los últimos niveles de esta escala).
La vida de quienes entran en el negocio de la pornografía como objetos (dejándose fotografiar o filmar en situaciones degradantes) queda marcada para siempre. El consumidor de pornografía es cooperador en la corrupción de estas personas (sin quitar la responsabilidad de los que venden sus cuerpos a las miradas ajenas).
De todos modos, la inmensa mayoría de los adictos a la pornografía son inconscientes de esta carga de sufrimiento que imponen a otras personas, por eso lo distinguimos del voyeurismo parafílico (quinto nivel).
Segundo nivel: adicción a diversos modos de contacto sexual sin fines de lucro. Podemos enumerar:
Adicción a la fornicación.
Adicción a conversaciones eróticas (personales o telefónicas).
Adicción al «chateo» con fines sexuales.
Tercer nivel: adicción al sexo mercantilizado. Pagar por el sexo implica la ruptura de nuevas barreras, incluyendo a menudo la aceptación de graves riesgos de contraer y difundir enfermedades de transmisión sexual.
Adicción a la prostitución.
Adicción al uso de líneas telefónicas calientes (adicción sexual auditiva).
Cuarto nivel: adicción a comportamientos homosexuales (este nivel es muy criticable, ya que hay personas que viven experiencias homosexuales en todos los niveles, porque lo son desde muy temprana edad, así como las hay sin este tipo de experiencias. No obstante, la tendencia a buscar mayores y nuevos placeres en un adicto, hace que exista una inclinación «lógica» a caer en actos homosexuales, en ese proceso adictivo. Por eso, este punto hay que tomarlo con cierta cautela):
La adicción dentro de la homosexualidad: no todo comportamiento homosexual es adictivo; pero un cierto porcentaje de las personas con conductas homosexuales son adictos. «La conducta sexualmente compulsiva, altamente imprudente, y con riesgo de la vida, en un gran porcentaje de homosexuales indicaría la presencia de un desorden adictivo en estos individuos», dice un psiquiatra.
Con mayor razón debemos indicar las adicciones a comportamientos homosexuales de alto riesgo (de modo particular el llamado «cruising» –las personas que se pasean buscando posibles compañeros sexuales ocasionales– .
Quinto nivel: adicción a comportamientos parafílicos. Al pasar al campo de las parafilias nos colocamos ante psicopatologías más severas. Las señalo aquí en la medida en que las adicciones, juegan un importante rol entre sus características; además, muchos de los que llegan a este punto de trastorno psicológico han pasado primero por algunos de los estadios anteriormente indicados.
Podemos indicar, entre otros: exhibicionismo, fetichismo, frotteurismo, pedofilia, masoquismo sexual, sadismo sexual, fetichismo transvestista, voyeurismo (cf. «La trampa rota», p. 84).
Siempre se empieza por algo sencillo y luego la cosa va creciendo insaciablemente. Las consecuencias más nefastas se dan, desde luego, en quienes llegan al último nivel. En los recientes años estos problemas han ido en crecimiento. Y, mientras aparecen nuevas maneras de querer ver la sexualidad de modo positivo, nos encontramos con situaciones cada vez más perniciosas.
Es la prueba más evidente de que la «liberación sexual» es un eufemismo que está desgarrando a nuestra sociedad. Con toda razón la podemos decir que esa enseñanza de «liberar al sexo» es un fracaso pedagógico, un fracaso social. Y para colmo… internacional.
De ninguna manera el pensamiento cristiano está contra la sexualidad. No puede estarlo porque sería una aberración. El sexo lo ha puesto Dios en el ser humano, como también en los animales, con una finalidad concreta. Lo que pervierte la sexualidad es el uso indebido, y muchas veces vicioso, de esta dimensión del ser humano. El origen de la esclavitud de las mujeres públicas está en el vicio que tiene  esclavizados a un sinfín de hombres. ¿Quién tiene más culpa de esta lacra? Creo que está claro.
Juan García Inza

sábado, 12 de noviembre de 2011

ABUSOS A MENORES. CAUSAS Y POSIBLES SOLUCIONES (1)



He leído con interés el artículo sobre la pederastia que

publica el Profesor José María Pardo, de la Facultad de

Teología de la Universidad de Navarra, en la revista SCRIPTA

THEOLOGICA / VOL. 43 / 2011 / 297-321, de esa Facultad

. La amplitud del mismo nos obliga a ofrecer un resumen del

mismo en más de una entrega que, debido a la importancia

del tema trataré de facilitar al lector los párrafos más

esenciales.

Resumen: El presente artículo analiza tres posibles

causas de los abusos a menores: 1. Factores ideoló­gicos, en

concreto la secularización de las creencias y de los

comportamientos; 2. Abuso sustitutivo: pederastia como fruto

de una conducta incontinente desordenada; y 3. Pederastia

parafílica: fruto de un trastorno de la sexualidad. Una vez

diagnosticado el origen de estos tristes incidentes, se ofrecen

algu­nas indicaciones para su prevención. Sólo la restau­ración

de la moralidad de las costumbres, de la vida espiritual y de la

verdad integral sobre la persona humana podrá superar este

problema grave que flagela la sociedad..

Fuente: SCRIPTA THEOLOGICA / VOL. 43 / 2011 / 297-321


El abuso a menores es un problema global que afecta también a algunos ministros de la Iglesia Católica . El por qué se llega a este triste comportamiento se analiza en el siguiente apartado. Por último, una vez diagnosticado el origen del problema, se está en condicionas de prevenir y superar esta lacra que corrompe la sociedad

1. UN PROBLEMA GLOBAL
Resulta una ingenuidad, además de una injusticia, creer que la pederastia es un mal específico de la Iglesia Católica. Para muchos entendidos, la opinión pública se está centrando en el sector menos peligroso (ministros de la Iglesia católica). Esto no quita que los errores cometidos por responsables eclesiásticos sean particularmente reprobables, dada la responsabilidad educativa y moral de la Iglesia..

En el periodo 1950-2002, trescientos cincuenta y dos sacerdotes de EE.UU. cometieron algún delito por abuso a menores. En ese mismo periodo de tiempo, fueron condenados 6.000 maestros o profesores de gimnasia, casi todos casados. Además, sólo en el año 2008, según el Informe Nacional de Es­tados Unidos sobre el maltrato de niños, se identificaron 62.000 autores de abusos de menores, mientras que no se tuvo en cuenta al grupo de sacerdotes por ser muy pequeño…

Los últimos datos facilitados por las autoridades competentes de Austria indican que, en el mismo período de tiempo, los casos señalados en institu­ciones vinculadas a la Iglesia eran 17, mientras que en otros ambientes eran 510. De los 210.000 casos de abusos a menores denunciados en Alemania des­de 1995, 94 corresponden a eclesiásticos, es decir, un 0,04%. Recientemente han surgido otros casos que nada tienen que ver con el clero católico, como los hechos ocurridos en la prestigiosa escuela Odenwald (Heppenheim, Ale­mania), donde se habla de entre cincuenta y cien casos desde 1971.

Recordemos que en julio de 2006 un tribunal de La Haya decidió que el partido pedófilo «Diversidad, Libertad y Amor Fraterno» (PNVD, siglas ho­landesas) no podía ser prohibido, ya que tenía el mismo derecho a existir que cualquier otra formación. Los objetivos de este partido político eran reducir la edad de consentimiento legal para mantener relaciones sexuales a los 12 años, legalizar la pornografía infantil, respaldar la emisión de porno duro en hora­rio diurno de televisión, y autorizar la zoofilia y las drogas. El partido se di­solvió el 15 de marzo de 2010

El problema del abuso a menores se extiende mucho más allá de la Igle­sia Católica. Por ejemplo, según UNICEF, 222 niños y adolescentes sufren abusos cada hora en América Latina. Se trata, pues, de un problema global.

Como señala Fortunato Di Noto -protagonista en la lucha contra la pederastia en Internet, y fundador de la Asociación Meter´, que desde hace más de veinte años lucha en primera línea a favor de la tutela de la infancia contra la pedofilia, la pornografía infantil y la explotación sexual-, la pedofilia es un crimen, pero también una extraordinaria maquinaria de hacer dinero, con una promoción propia que ronda los 15 millones de euros al año, con un total de más de 200.000 menores involucrados y abusados, entre los cuales se encuen­tran desde bebés de pocos días a niños de dos años.





Al margen de estos dolorosos sucesos, en el debate público actual llaman la atención varios aspectos. Por un lado, en ocasiones se mezclan los abusos se­xuales con castigos corporales, malos tratos o acoso sexual (por ejemplo, pelliz­cos o palmadas en las nalgas, besos o caricias sin motivo, tocamientos externos sobre la ropa o mostrar fotos o imágenes pornográficas sin más). Por otro lado, al centrarse en los abusos cometidos en el ámbito católico-eclesiástico, se olvi­da que los ámbitos en los que suceden la gran mayoría de los abusos son otros:
1. La propia familia. Según distintos estudios, entre el 10 y el 20% de la población infantil ha tenido experiencias de abuso sexual en la in­fancia. A nivel general, la mayoría de los agresores son figuras paternas y miembros de la familia, seguido por personas relacionadas con las víc­timas: profesores, monitores, entrenadores, etc."

2. Tráfico y turismo-prostitución sexual de menores. En un Informe de la Organización Mundial de la Salud se indica que, en el año 2002, en el mundo se podía estimar en cerca de 150 millones de niñas y 73 millo­nes de niños obligados a diversas formas de abuso en el ámbito sexual. Por otro lado, según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), el 20% de los viajes internacionales se hace con fines sexuales, y el 3% son de pedófilos que buscan tener sexo con niños. Al año son tres millones quinientos mil pedófilos que hacen turismo sexual, especialmente de paí­ses como Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda y España.

3. Pornografía infantil (impresa y en Internet). La relatora de la ONU sobre venta, prostitución y pornografía infantil, Najat M´jid, es­tima que existen 4 millones de sitios webs con contenidos pornográficos que exponen a niños, y que este negocio puede tener unas ganancias anuales de unos 20.000 millones de dólares Uno de los grandes pro­blemas para detener esta marea negra, que avanza sin cesar, es que no está penalizada en muchos países. Según la relatora, entre los años 2003 y 2007 se cuadruplicó el número de imágenes de explotación sexual de niños.






¿Por qué se producen los abusos?
En principio puede sorprender que personas adultas, escogidas, supues­tamente bien formadas y con una profesión de entrega humana y espiritual a los demás -en este caso niños- puedan obcecarse y pervertir su misión hasta el punto de abusar sexualmente de los propios encomendados.

Pero cuando se analizan los motivos que han podido llevar a un eclesiás­tico a realizar los abusos, aparecen factores personales (inmadurez emocional, disfunciones de personalidad, déficits de formación, distorsión de la entrega, etc.) y situacionales (soledad, falta de apoyo y supervisión, nula gratificación, aislamiento, etc.), sin que supongan la más mínima justificación, pueden ayudarnos a comprender, a reconducir en muchos casos y, sobre todo, a pre­venir tales comportamientos.

- Factores ideológicos

En la Carta a los católicos de Irlanda (19 de marzo de 2010) el Papa Benedicto XVI señala que el desconcertante problema del abuso sexual a menores se debe intentar comprender desde el “debilitamiento de la fe” y desde la “pérdida de respeto por la Iglesia y por sus enseñanzas”.



El autor considera que ese debilitamiento de la fe y esa pérdida de respeto a la Iglesia es fruto de la secularización de las creencias y de los comportamientos como consecuencia de la revolución de finales de los años 60 del siglo pasado.

También en la Iglesia hubo un 68 como en el mayo francés. Y en esta “revolución” interna, se experimentó una fuerte oposición a la Encíclica “Humanae vitae” de Pablo VI, que defendía la vida y el resto uso de la sexualidad. En esta oposición estaban involucrados teólogos y hasta miembros de la Jerarquía.

Había una fuerte corriente de liberación sexual que afectaba a amplios sectores de la sociedad, y salpicaba también a sectores eclesiásticos. El celibato empezó a resultar molesto y casi antinatural para algunos. No lo entendían muchos, y aún siguen algunos sin entenderlo.

El autor cita a Alice Schwarzer, abanderada alemana del feminismo extremo, que en una editorial de la revista Emma, afirma: “El abuso sexual de niños no es una invención de sacerdotes católicos; y no tiene nada que ver con el celibato (…) La amarga protesta de las mujeres contra la violación de mujeres y niños no tenía posibilidad alguna contra el liviano espíritu de los tiempos de la revolución sexual… Algunos llevaron la promiscuidad hasta el punto de exigir el amor libre con niños y niñas, con personas del mismo sexo o con animales.



- Abuso sustitutivo

Los escándalos de abusos sexuales en la Iglesia católica han reabierto el debate sobre el celibato:... ¿Es el celiba­to la causa de los desórdenes en materia sexual de algunos sacerdotes y reli­giosos?

Si se compara la Iglesia católica de EE.UU. con las principales iglesias protestantes, se descubre que la presencia de pedófilos es -según las distintas iglesias de dos a diez veces más alta entre los pastores protestantes que entre los sacerdotes católicos. Este dato no es definitivo, pero al menos muestra que el problema necesariamente no es el celibato, pues la mayor parte de los pas­tores protestantes están casados". Además, sólo el 0,0075% de los sacerdotes católicos del mundo está implicado en este tipo de delitosJS.

Algunos sostienen que el celibato podría estar en el origen de determi­nados desequilibrios psíquicos y, entre ellos, de comportamientos pedófilos.

Lo primero que hay que señalar es que los problemas psicosexuales -de los que se hablará en el siguiente apartado- se suelen fraguar en el periodo de la infancia y comienzo de la adolescencia. No son, por tanto, consecuencia de una decisión de vida llevada a cabo bastantes años más tarde.

El desarrollo psicosexual es un proceso sumamente complejo, en el que intervienen diversos factores, y nunca de forma aislada. Entre ellos destacan las pautas de crianza y educación, la dinámica familiar, el contexto socio-cultural, los mensajes sociales sobre la sexualidad, y los hechos o sucesos concre­tos que han rodeado la vida de la persona. Una religiosidad bien vivida, supo­ne una protección frente a algunos de los factores adversos en el desarrollo psicosexual. El celibato libremente asumido y sólidamente fundamentado no sólo no tiene relación con el origen de estos problemas, sino que es un índice de madurez psicosexual

En definitiva, un importante número de especialistas en psicología y psi­quiatría niega que los abusos cometidos por clérigos y religiosos tengan su ori­gen en el celibato.


Pero el celibato puede perjudicar la salud si se vive inadecuadamente. Por eso, no se puede explicar sin el fenómeno de la fe; no se puede entender ni vivir fuera de una intensa relación de amor con Dios". En definitiva, sin una visión trascendente de la vida´2. El varón que opta por el celibato renuncia a una mu­jer y a tener descendencia porque el objeto de su amor va más allá tic una per­sona concreta; es un amor abierto a Dios, que se realiza en todo ser humano

Cuando un hombre célibe no cultiva una intensa relación con Dios y, por Dios, de servicio a los demás, humanamente se marchita, no aguanta, la viven­cia de sus virtudes pierde su sentido. Alguien que ha entregado completamen­te su vida desde esta perspectiva sobrenatural empieza a desmoronarse cuando comienza a buscarse a sí mismo o a realizarse egocéntricamente; cuando el ser­vicio y la obediencia no se integran en la llamada divina. Normalmente los problemas relativos a la castidad son propios de personas que dedican dema­siado tiempo a sí mismos; Dios comienza a desaparecer de su horizonteJ4.

También es importante que un hombre célibe sepa qué es una mujer y cómo relacionarse correctamente con ella. Demasiada intimidad y apertura puede conducir fácilmente a una situación de bloqueo".

El impulso sexual (erótico) está presente en todas las personas. Cuando la persona célibe lo siente, debe superarlo, integrándolo en su compromiso de amor, como también lo hace el no célibe cuando le conviene (por ejemplo, un marido que siente atracción por otra mujer). La capacidad de moderar el ins­tinto sexual y de humanizarlo se denomina virtud de la castidad

Ciertamente, nadie se incorpora al Seminario sólo con el propósito de vi­vir el celibato. Esa renuncia, que sin duda lo es, está al servicio de una mayor libertad para amar a Jesucristo y servir a la Iglesia y a los fieles. La abstinencia de las relaciones sexuales tampoco supone que el sacerdote niegue su sexuali­dad, sino que la vive con libertad dentro de un estilo de vida que debe estar lleno de sentido trascendente". Estilo de vida que sin duda puede verse afec­tado´ por la falta de apoyo de los que le rodean, la ausencia de una orientación espiritual regular, el descuido de la vida espiritual o el mal ejemplo de otros sacerdotes de su entorno que llevan una doble vida.

* * *
Hasta aquí la pederastia como fruto de una conducta incontinente de­sordenada, es decir, como simple satisfacción de los instintos sexuales.

En el siguiente apartado se presentará la pederastia, o abuso sexual con ni­ños, como fruto de un trastorno de la sexualidad (personas con una tendencia- adicción patológica).