miércoles, 4 de febrero de 2009

LO QUE ESPAÑA NECESITA


A PROPOSITO DE LA VISITA DEL CARDENAL BERTONE
(De ForumLibertas)

La visita del Cardenal Bertone, Secretario de Estado del Santo Padre invitado por la Conferencia Episcopal Española, tiene también una lectura política, en el sentido más amplio del término: el interés, la ocupación en la cosa pública, o si se prefiere en otras palabras, la construcción del bien común. Una presencia oportuna, porque cierto es que la vida pública española atraviesa por graves dificultades que en buena medida afectan a la Iglesia.
Rodríguez Zapatero encarna, desde la perspectiva de la Iglesia, el único gobierno beligerantemente laicista que existe en Europa. Lo es en sus políticas directas y también en la ayuda y promoción a grupos y personas que adquieren un peso y una notoriedad en la sociedad, del que carecerían si no estuvieran sostenidos por la potente ayuda del Estado, controlada por Rodríguez Zapatero.

Los grupos de homosexualismo político, de la perspectiva de género, las organizaciones laicistas y ateas, la propia masonería, que no es una anécdota, y que tan bien representada está en el propio Gobierno, tienen una incidencia desproporcionada en relación a su peso social real. Se hacen sentir simplemente porque cabalgan a lomos de los recursos del Estado.

También se han construido grupos mediáticos de financiación incomprensible como el de Jaume Roure, que están presentes en la televisión, la prensa y la producción cinematográfica -'Camino' es una obra suya-. Su beligerancia y agresividad es mayor que la nave insignia del laicismo antirreligioso que encarna PRISA, hoy sumida en un mar de dificultades económicas, que no existirían sin la ayuda de Zapatero. Y de aquí para abajo, lo que se quiera.

Zapatero tiene la pretensión, si no se lo traga el agujero negro de la crisis, de exportar su receta, la de una nueva izquierda amiga de los grandes bancos y los grupos de presión, y transformadora de la sociedad, no en términos de justicia social, sino a través de la ideología de género, la homosociedad y el laicismo de la exclusión religiosa. Es decir, una nueva izquierda que no apunta a la cartera de los ricos sino a los deseos y pulsiones de las gentes.

En este contexto, la Iglesia española ha tenido que resistir, y esta resistencia ha conllevado la frontalidad y una actitud reactiva. No se la puede criticar por ello, porque es ahí donde la han situado. Evidentemente, la salida no era lo que han hecho algunos de adoptar un perfil bajo y mirar hacia otra parte, mientras el Gobierno español y el de su comunidad autónoma iba destrozando el sistema de valores y las instituciones surgidas de toda una civilización de la que formamos parte, y que parece que la Iglesia es la única interesada en defender, cuando, en realidad, se trata de un patrimonio de todos para el que no existe alternativa.

Pero esta situación de cerco no puede prolongarse indefinidamente y esto reclama otro estilo, otra estrategia, otro planteamiento, que no es el de la frontalidad de las instituciones eclesiales.

El caso del aborto es paradigmático. Se debe continuar insistiendo a los ya convencidos, pero limitarse a ellos es dejar el campo libre al Gobierno. Un planteamiento inteligente en este punto sería aquel que no partiera del ámbito eclesial, ni tan siquiera formalmente cristiano, y que permitiera en razón de sus relatos, impactar en el corazón y la razón en sectores que votan socialistas pero que no militan en el abortismo cerril. Se trata, en definitiva, de intentar, y no es fácil, llevar la pelota al campo del otro. Y esto significa la necesidad de un proyecto cultural cristiano para España. Un proyecto que, surgido de la concepción cristiana, se concrete en un relato y unas propuestas, unos proyectos de vida en común que sean atractivos por sí mismos y que puedan ser asumidos por ese valor y por cualquier persona con una relativa independencia de sus creencias.

Esto es viable, porque la mayoría de la gente sigue compartiendo una concepción del ser humano, de la vida, de las relaciones, de cómo deben ser las cosas, impregnada de valores católicos, sin tener conciencia de ello ni ligarlos a un hecho religioso. Son culturalmente católicos. Algo parecido, incluso mucho más, sucede con amplios sectores de la inmigración que han venido para quedarse. Incluso grupos musulmanes pueden compartir en buena medida los planteamientos de este proyecto cultural con mucha más facilidad que los laicistas.

Naturalmente, para hacer esto se necesita cambiar determinados registros que, en algunos casos, llegan a la contradicción más insuperable. Es el caso de algunos programas de medios de comunicación de la Iglesia que apoyan de una manera desmesurada, haciendo política de partido, a la organización de Rosa Díez a pesar de que comparte la misma agenda de Zapatero en todas las cuestiones mencionadas. Los medios de comunicación de la Iglesia, los responsables de la Iglesia, no deben inclinarse sistemáticamente por una opción política, y menos si ésta es contraria a lo más elemental que postula la propia Iglesia.

Por el contrario debe apoyar medidas concretas cuando se producen, o demandarlas o criticarlas. Debe ver con simpatía aquellas fuerzas sociales y políticas que se alineen de manera sistemática en el uso de su libertad en objetivos que son comunes a la Iglesia (situación que se da en escasa medida en España, por ahora).

También es necesario que el peso de la confrontación política, el desgaste cotidiano, recaiga sobre los laicos y no sobre los obispos. Solo una iglesia descargada del peso de la política de cada día puede centrarse en resolver la progresiva y clara pérdida de religiosidad en España, tan visible entre los jóvenes.

La visita del Cardenal Bertone, sin duda, puede contribuir a que vaya surgiendo de manera natural en el consenso eclesial una línea más adecuada a todo esto, que es lo que realmente se necesita. Más capacidad transformadora de la realidad.

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