domingo, 17 de junio de 2012

CARTA A LA HUMANIDAD QUE SUFRE: A MI AMIGO JOSÉ Actualizado 14 junio 2012 Cartas a la humanidad doliente: a mi amigo José En esta humanidad que componemos entre todos, hay un abanico de situaciones en las que estamos encuadrados. Los hay que parece no tener problemas y viven a lo grande. Y a un sector muy amplio, yo diría que la mayoría, le toca llevar sobre sus hombros la cruz más dolorosa. En este amplio grupo están los enfermos, los que perdieron la salud y se debaten en situaciones duras. Y uno cae en la cuenta de ello cuando el sufrimiento se instala en tu vida, te pasa rozando, o sencillamente compartes por caridad el dolor junto a la cama de un enfermo, en su casa o en un hospital. Y es ahí donde la vida muestra su verdadera cara. Quiero dedicar una serie de cartas a estos hermanos nuestros que navegan un poco escorados por ese mar de la vida diaria, y que sólo piden la limosna de una palabra de aliento, una sonrisa sincera, un soplo de aire para mantener el rumbo y llegar a buen puerto Y hoy le escribo esta carta a José, un enfermo que conocí hace años y que me dio la gran lección de cómo hay que santificar el dolor. Amigo José: Hace tiempo que no sé nada de ti. Mi corazón me sugiere que estás en el cielo. Y es que si tú no estás en el cielo nadie puede ir a él. Recuerdo los ratos que pasábamos cuando te llevaba la Comunión. Hablábamos, rezábamos, nos reíamos… Cuando pienso en ti lo primero que se me presenta con nitidez es tu sonrisa. Una sonrisa permanente que llenaba toda tu cara, y envolvía la habitación con un aroma cargado de frescura. Estabas ya un tiempo en una silla de ruedas, y podías salir de tu habitación. Pero tu cuerpo cada vez iba perdiendo energía, fuerza para moverte, y te fuiste quedando empotrado en la cama que llenaba el rincón de aquella pequeña habitación. Muchos ratos de soledad humana, que no divina, te hacían comprender mejor el valor de la amistad. No se oían ruidos en tu habitación, y me decías que estabas esperando que fuera el medio día para escuchar las voces de los chicos que salían del Instituto para ir a sus casas, y pasaban bajo tu ventana hablando con la jovialidad propia de los años. Te enterabas de algunas cosas, y los encomendabas a Dios. Tu familia hacía lo que podía en los ratos libres que les dejaba el trabajo. Algunos amigos, de aquel grupo parroquial, iban de vez en cuando a verte. Y tú me lo contabas todo cuando te visitaba, con un gozo que solo tienen las almas llenas de Dios. La enfermedad fue avanzando, y un día me diste la noticia de que debían amputarte un pié debido a los estragos de la diabetes. Fue muy doloroso aquel trance, pero me decías que se puede vivir bien con un solo pié. Lo que pasó es que al cabo de poco tiempo también te amputaron el otro pié. ¡Qué pena daba verte! Pero tú decías sonriendo que con los muñones podías valerte en la cama. Recibías la Comunión con hambre de Dios. Confesabas casi sin pecados. Orabas a todas horas. Y seguías esperando el medio día para escuchar las alegres conversaciones de los jóvenes que pasaban cerca de tu ventana camino de sus casas. Pensé muchas veces que el mundo y la Iglesia alimentan su esperanza con gente como tú, que saben sufrir con amor. Y a mí me daba un poco de envidia tanta fe. Y pensaba que nos quejamos por casi nada, de vicio, sin pensar en los que sufren casi todo sin hacer ruido. Tengo que decirte que hiciste mucho bien a mi vida sacerdotal. Pensé que vale la pena ofrecerse a Dios para poder atender a personas como tú. Y es que los enfermos sois, junto con la Eucaristía, el gran tesoro que tiene la Iglesia. Te fuiste deteriorando, pero un día yo me marché a otro lugar y ya no supe nada de ti. Estoy seguro que estás con Dios. Esta carta es de agradecimiento y de súplica: pide al Señor y a la Virgen que los humanos tengamos corazón y podamos sintonizar con los que os ha tocado la parte dura de la vida. Estoy seguro que la humanidad sería más feliz si contemplara como sufren personas como tú, dando el aliento que os queda, sigilosamente, para que los demás podamos vivir en paz. Amigo José, estoy seguro que allí donde te encuentres, tu alma, ya sin necesidad de pies y manos, estará corriendo buscando a quien poder llevar un poco de alivio con tu sonrisa. Pide por nosotros. Pide por esos jóvenes que siguen pasando por debajo de tu ventana camino de sus casas, para que no pierdan la alegría de vivir con Dios. Que esta humanidad nuestra descubra el verdadero secreto de la felicidad, escondido en corazones como el tuyo que aprendieron la lección del amor directamente de un Dios presente en sus vidas. El pequeño espacio de tu habitación se convirtió, como ocurre en tantos lugares de sufrimiento, en una enorme aula espiritual desde donde se impartía, y se sigue impartiendo, la sublime asignatura del viacrucis de la luz y la alegría. Un saludo, y hasta cada día en el Señor. Juan García Inza

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