sábado, 5 de febrero de 2011

LA SEGUNDA MUERTE DEL HOMBRE

En el post anterior comentábamos las aportaciones de Finkielkraut, filosofo francés, a la teoría de la cultura fundamentada en los valores permanentes, y a la necesidad de huir de los estrechos localismos a que sometemos nuestras autonomías.

En su libro “La derrota del pensamiento” (Anagrama) sigue este autor defendiendo al hombre, y su dimensión trascendente. Y habla de la causa de lo que él llama “segunda muerte del hombre”. Afirma que los europeos adquirieron la conciencia de la relatividad de sus propias creencias con el descubrimiento del Nuevo Mundo. Este acontecimiento considera que es el origen del nuevo humanismo. Al comparar nuestras creencias y principios con las de los hombres de las nuevas tierras que él llama “sin escritura”, vírgenes, sin dueños, puso en entredicho a la misma autoridad de la Revelación. Al descubrir otras civilizaciones, otras prácticas religiosas, el hombre europeo parece que perdió seguridad en lo que siempre había creído. Y ahí se inició lo que hoy todos conocemos como relativismo. El hombre culto de siempre empezó a pensar que podía reflexionar, distinguir el bien del mal al margen de la luz de la fe. Es decir, se vio como libre de Dios. La fuente de la verdad pasaba a estar en la misma mente humana, en el pensamiento.



Y la humanidad sigue avanzando, y se llega al extremo de dudar no solo de Dios, sino del mismo hombre. Del “yo soy el Hombre”, y domestico a todo aquel que no piense como yo, y lo someto a mi modo de pensar o a mis intereses, descubrimos que hay otros hombres, con su dignidad, sus culturas, que no podemos neutralizar, ni menos aniquilar. El cristianismo nos ha dado un ejemplo magnífico de cómo asumió la cultura del mundo oriental y occidental de los inicios, y de todos los tiempos, tratando de ensamblar la Revelación oficial con esa otra revelación divina a través de cada pueblo evangelizado. Errores históricos siempre ha habido, y hay que juzgarlos con esa mentalidad.

Pero los pensadores del “no-hombre” llegan a afirmar que el hombre es una ficción útil, dominado por leyes y costumbres externas, que no tienen arraigo en el corazón. No hay –dicen- comunidad de conciencia, sino un conglomerado de seres humanos regido por leyes de conveniencia, generalmente emanadas de una concreta ideología. En nombre de los hombres decretan la “muerte del Hombre”. Habría que recordar aquellas palabras del Salmo: “Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder”.

Se ha dicho que la sociedad se ha convertido en adolescente, y llevan razón. Para el ignorante la libertad es imposible, como decían los filósofos de las Luces. Dice: no se nace individuo, se llega a serlo. Pero en la lógica del consumo, en la que estamos, “la libertad y la cultura se definen por la satisfacción de las necesidades y, por tanto, no pueden proceder de una ascesis”.




En muchas escuelas posmodernas intentan aproximar la formación al consumo. Se prescinde del pensamiento. Y, como aporta nuestro autor, citando a Neil Postman, “en algunas escuelas americanas llegan incluso a empaquetar la gramática, la historia, las matemáticas y todas las materias fundamentales en una música rock que los alumnos escuchan, con un walkman en los oídos”. Acabo de escuchar hoy en las noticias que esta misma experiencia la están llevando a cabo en un colegio de España, y la presenta como un gran logro de la pedagogía. Los ordenadores han entrado en las aulas, así como las calculadoras y los ruidos de la calle. Y no digamos los móviles y los juegos come-cocos.


Todo ello nos ha llevado a una derrota del pensamiento, a no saber discernir para tomar decisiones y descubrir la verdad. No pensamos el mundo. Es el mundo, las ideologías las que piensan por nosotros y, siguiendo la estrategia del mercado, intentan imponernos el pensamiento con el que pretenden unificar y dominar a la sociedad. Y de esa manera nuestra sociedad ha caído en una adolescencia endémica, que ha causado la muerte del hombre. No hemos sabido asimilar humanamente los avances de la ciencias y de la técnica, y estas han llegado a dominarnos.

¿Solución? Aprender a pensar y ejercitar la razón. Para ello hace falta una buena dosis de formación y educación en valores y en principios inmutables. Y sobre todo mucha fe en Dios.

Juan García Inza

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