sábado, 11 de abril de 2009

LA SONRISA DE LA PASCUA



Ya estamos en Pascua, la etapa litúrgica que nos invita a la alegría auténtica, la que nace de dentro. Todo empezó, como comenta Benedicto XVI, en el Monte Moria, cuando Abrahán iba a sacrificar a su hijo por mandato de Dios. El joven Isaac preguntaba: - Padre, ¿Dónde está la víctima.- Y el Padre siempre respondía: -Hijo mío, Dios proveerá. – Cuando llegaron a la cima del monte, y el padre se disponía a cumplir la Voluntad de Dios, vio un cordero entre las zarzas, y oyó una voz que decía: - Abrahán, no hagas daño a tu hijo, ya veo que eres obediente, sacrifica al cordero.- Allí estaba la víctima preparada por Dios. – Isaac cambió su semblante angustiado por una sonrisa. Precisamente el nombre de Isaac lleva en sí la raíz “reír”.
Isaac tenía motivos suficientes para alegrarse. Dios es providente, y nos ofrece siempre motivos para sonreír. Quien ha visto al Cordero de Dios, el auténtico que quita los pecados del mundo, debe estar contento. Tenemos motivos suficientes para sonreír y agradecer. La Pascua, fiesta del Cordero Sagrado que nos libra de la muerte, como le ocurrió a Isaac, es la fiesta de la sonrisa. “Dios nos devuelve la risa de la alegría, que se transforma en un canto de alabanza de la creación” (Benedicto XVI).
Hay que vivir la Pascua, porque necesitamos respirar alegría. No creo que sea opinable que hoy, en esta sociedad que hemos construido entre todos, tan estrafalaria en muchos aspectos, necesitemos urgentemente respirar a fondo una bocanada de paz. Hay muchísimas cosas que nos preocupan y nos amenazan con la tristeza, y esto es grave porque daña seriamente nuestra personalidad, nuestra naturaleza, nuestro ambiente, la propia humanidad. Por eso me gusta todo lo que hable de alegría, y me gustan las personas alegres.
Recuerdo un libro de los que hace falta leer con urgencia. Se titula precisamente “La alegría”, y lo escribió la conocida y simpática periodista Paloma Gómez Borrero. En la contraportada ya leemos lo siguiente: “La alegría nunca es total porque no es un estado fijo, sino una actividad permanente. Es como el pan fresco, que no vale para el día siguiente. Y como todas las cosas de la vida, a veces sólo la reconocemos cuando no está. O sea, cuando la tristeza se instala en su lugar por más que la rechacemos, porque es parte de nuestra naturaleza”. Este libro, premio de Espiritualidad 2.000, nos habla de la alegría interior y de la exterior, de la risa como remedio infalible de la tristeza, de los porqués de una alegría, y nos va ofreciendo una serie de testimonios vivos de gente que sabe ser alegre y contagiar su buen humor.
Al hablar de la alegría interior, que es la auténtica, ya empieza con una buenísima cita de Nietzsche que dice: “Nunca creas en ninguna verdad que no lleve consigo, al menos, una alegría”. Cultivar la alegría, nos dice la autora, es una obra interior. No hay que confundir chistoso con alegre. Y es cierto. Hay personas que engañan con su apariencia. Parecen serias, adustas, con cara de solemnidad, pero las tratas un poco, y por los poros de su rostro destilan esa paz y alegría que les salen del alma. Sus ojos brillan porque son los escaparates de su corazón armonizado por la humildad.
Tenemos realmente una vocación a la felicidad. Y esa felicidad hay que ir construyéndola día a día, con la conciencia tranquila de hacer en cada momento lo que debemos, y bien hecho. No se compra la alegría, como se creen ingenuamente nuestros paisanos de la aldea global. Se pueden comprar ilusiones, carcajadas, ratos de evasión. Pero la alegría no se vende, hay que conquistarla. Es, como se ha dicho al principio, una actividad permanente.
Conocí a un joven mayor que era poeta. Pero ya empezaba a perder la vista debido a la diabetes que padecía. Comenzó rápidamente a aprender el lenguaje de los ciegos sabiendo lo que le esperaba en un futuro próximo. Siempre estaba alegre. Llegó un momento que ya no podía salir a la calle a leerles sus poesías a los amigos. Se mentalizó que su casa iba a ser su rincón para siempre. Pero no perdía la alegría. Ya leía con los dedos los voluminosos libros que le proporcionaba la ONCE. Era agradable dialogar con él, porque nunca estaba triste. Con el paso del tiempo la enfermedad le afectó a los pies, de tal manera que llegó un momento en que le era muy difícil moverse de la cama. Y el siempre estaba con la sonrisa en los labios. Llegó a perder los pies y totalmente la vista, pero nunca se quejaba. Yo pasaba ratos muy agradables con él. Era un hombre de fe, y recibía con frecuencia los Sacramentos. La hora más dura para él era cuando pasaban al medio día los chicos que venían del Instituto, porque sentía nostalgia de la calle que ya no podía pisar. Pero con toda paz ofrecía a Dios el sacrificio y pedía por toda la juventud. Ya no sé qué fue de José, que así se llamaba, porque me marché de aquel lugar y no he tenido oportunidad de conocer como acabó su historia. Pero siempre tengo presente su sonrisa, que salía del interior de un cuerpo maltrecho, pero lleno de Dios.
La generosidad es clave para mantener el alma joven, y no perder nunca la alegría de vivir. Cita Paloma Gómez Borrero en el libro que comentamos, las siguientes palabras del general MacArthur: “Serás joven tanto tiempo como permanezcas verdaderamente generoso, tanto como sientas el entusiasmo de dar a los demás tus cosas, tus pensamientos y tus palabras. Durará tu juventud tanto como dure tu gratitud al recibir y la sensación de estar debiendo siempre y deseando dar más. Permanecerás joven mientras seas receptivo de todo lo bello, lo bueno, lo grande; pudiendo disfrutar de los mensajes de la Naturaleza, del hombre y de Dios”.
Un alma joven no sabe estar triste. Y hay muchísimos jóvenes con almas limpias que pasan por la vida tratando de hacer el bien. En estos días he tenido la oportunidad de conocer y de convivir con muchos de ellos: sacerdotes recién ordenados, intelectuales, un maquinista de tren, un guardia civil de la brigada contra la droga, un militar de unidades especiales de los que han estado en Bosnia, un profesor de Universidad, estudiantes de todo tipo, trabajadores de las más diversas profesiones. Y todos con un denominador común: pasar por la vida haciendo el bien de la mano de Dios. Por eso todos ellos estaban contentos y contagiaban alegría. Esa alegría que el mundo nuestro de cada día necesita urgentemente respirar. ¿Qué te parece si nos sumamos a esa tarea tan humana y tan divina? Habría menos caras largas entre nosotros. Y, lo más importante, siempre sería Pascua, como hoy.
Juan García Inza
Doctor en Derecho Canónico

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