miércoles, 27 de mayo de 2009

LA IGLESIA Y EL SIDA



La Iglesia y el sida (02.04.2009)

ALLI donde hay un hospital dedicado al sida, lo mismo en África que en
Asia o Iberoamérica, también en Europa, son monjas y curas católicos
los que están a pie de cama para atender a los enfermos. He recorrido
en trabajo profesional más de cien países. En las leproserías de todo
el mundo, en los asilos de ancianos terminales, en los hospitales para
enfermos infecciosos, sólo se encuentra uno con misioneras y
misioneros católicos. Esa es la escueta verdad. Nunca me he tropezado
en esos lugares con un comunista militante, con uno de esos
manifestantes que vociferan contra la Iglesia. Los misioneros y
misioneras permanecen al margen de las pancartas y los sermones
políticos. Derraman su amor sobre los leprosos, los sidosos, los
enfermos terminales, los ancianos sin techo, los desfavorecidos y
desamparados.

Aún más, todos los profesionales del periodismo sabemos que cuando
estalla una tragedia del tipo que sea en el tercer mundo,
encontraremos información certera en la misionera o el misionero
españoles, que ejercen su ministerio en los lugares más
miserables.Nunca fallan, esa es la realidad.

José Luis Rodríguez Zapatero, para dar una lección a la Iglesia
Católica, ha decidido obsequiar a África con un millón de
preservativos pagados a través de los impuestos con los que sangra a
los ciudadanos españoles. ¿A cuántos militantes del PSOE, encabezados
por Bibiana Aído, va a enviar para que se instalen durante diez años
en los hospitales especializados en sida, para que convivan con los
enfermos, les atiendan, les den de comer, les limpien, les acompañen?.
El Papa ha instalado en el África enferma a muchos millares de monjas
y curas, de misioneros y misioneras. Obras son amores. Esa es la
diferencia entre los que vociferan y los que derraman cariño y
atenciones.

Conocí en enero de 1967, cuando carecía de la celebridad que adquirió
posteriormente, a Teresa de Calcuta.. Pasé un día con ella visitando
sus hangares para enfermos terminales. Escuché con atención lo que me
decía. Fue una lección de quién sabía mejor que nadie en qué consisten
las tierras duras del hambre, el mundo de los desfavorecidos
profundos. Supe que estaba hablando con una santa. Y así lo escribí.
Pues bien, en el cuerno africano, en las ciudades estercoleros de
África, en los pueblos escombreras de Asia, en las favelas brasileñas
o en las villamiserias peruanas, trabajan para los más pobres, para
los más desfavorecidos, millares y millares de teresitas de Calcuta.

El Papa cree que la mejor forma de combatir el sida en África es la
monogamia y la fidelidad. No ha tenido en cuenta lo estupendas que
están las negritas y lo difícil que tiene que ser, ante el espectáculo
de tanta belleza y atractivo, que los negros politeístas y polígamos
practiquen la virtud de la monogamia. Pero ironías aparte, quienes
combaten el sida en África, quienes atienden a los enfermos son las
misioneras, los misioneros católicos. Escuché en una tertulia de radio
a un simpático homosexual cebarse con el Papa y despotricar contra la
Iglesia. Se me ocurrió aclararle: «Dicen que el sida está
especialmente extendido entre los homosexuales aunque afecte ya a los
heterosexuales. Seguro que tú nunca te pondrás enfermo. Pero ten por
seguro que, si así fuera, quien te atenderá con amor y dedicación en
el hospital será una monja católica». Se quedó callado como una puta
el simpático gay y los tertulianos se apresuraron a cambiar de tema.

Luis María Anson, miembro de la Real Academia Española

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