lunes, 25 de mayo de 2009

PARA REFLEXIONAR


EL SEÑOR DEL MUNDO

Leí no hace mucho un magnífico y profético libro titulado “El señor del mundo”. Bensón, su autor, fue un converso a la fe católica, y posteriormente sacerdote a principio del siglo XX. Tiene la habilidad de describir con elegancia y precisión terminológica la historia de un personaje llamado Felsenburg, que se presenta al mundo como un pacificador al que encanta establecer alianzas entre civilizaciones, y declara la guerra a la Iglesia Católica.
A lo largo de la obra se va desarrollando toda una trama, muy bien elaborada, para desbancar al Romano Pontífice, ridiculizar todo lo que haga referencia al catolicismo, y poco a poco intentar implantar una especie de religión natural en la que el único dios es Felsenburg, rodeado de una pléyade de colaboradores cuasi sagrados que son los impulsores del programa ideado por el jefe y su estado mayor. El personaje adopta un talante amable y conciliador, pero al mismo tiempo diabólicamente planificado para ir minando los grandes pilares y valores en los que se asienta la cristiandad.
Sabe estar perfectamente. Presenta la cara amable y la sonrisa insinuante para clavar por la espalda el puñal de la mentira, elevando el error biológico y filosófico a la categoría de dogma laicista y relativista. Joseph Pearce afirma de esta obra que habría que colocarla a la altura de Un mundo feliz y 1984, como los clásicos de la distopía de la ficción. Pero con la salvedad de que, mientras estas dos novelas ya han pasado al olvido por su trama superada, la que comentamos se está viviendo en estos momentos de nuestra historia.
Como dice David Amado, Benson es un genio a la hora de describir el relativismo filosófico que acabará dominando el pensamiento, así como la paz al precio de la mentira y la injusticia, o la persecución religiosa en nombre de la tolerancia. Es la sociedad de la eutanasia y del control mental colectivo, de la vida sin problemas pero carente de sentido, del culto vacío… pero también el tiempo en que la Iglesia, terriblemente reducida, ha de dar el postrer testimonio de fidelidad a Cristo.
El lector de esta interesante novela no puede evitar buscar paralelismos con una situación político-cultural, que intenta derribar todo el edificio construido sobre la Verdad de la fe cristiana, para sentar los cimientos de una nueva cultura revolucionaria sin principios éticos y morales basados en la dignidad humana, con el entramado de un relativismo sin alma, que deja el discernimiento sobre el bien y el mal en manos de la conveniencia de cada cual. Este puede ser el canto de sirenas que alague a muchos oídos inexpertos y caprichosos, a mentes tiernas y débiles que más adelante pagarán las consecuencias de esta anarquía.
¿Cuándo comienza a existir el ser humano? ¿Qué es el hombre? ¿Quién tiene derecho a imponerme a mí una norma moral? ¿Qué pinta la Iglesia en la vida social y política? Yo decido, yo mando, yo hago lo que me conviene. Los padres no tienen ningún derecho a influir en la decisión de sus hijos/as. El que decide es el padre de todos, que es el Estado o, más concretamente, el Gobierno progre de turno. El papá estado da de comer, educa, establece sus mandamientos, adapta el derecho a sus principios doctrinales, el señor del mundo es elegido por la plebe, el cielo está aquí. Solo falta decir que los seres humanos -¿solo seres vivos?- abortados son las ofrendas en los sacrificios ofrecidos como aportación a la revolución sexual en el altar de la nueva religión, del señor del mundo. Toda una aberración, pero pensada y planificada con todo lujo de detalles. Las burradas que se afirman no son ocurrencias de una noche de insomnio de una ministra del nuevo culto, están muy elaboradas, y perfectamente programadas y orquestadas. Y los progres avanzan hacia atrás, pero convencen a sus correligionarios de que van adelante, y todos tan felices. Los malos y cavernícolas son los otros, los que están en esa doctrina trasnochada, empantanada, que sigue adorando a un Dios a quien no ven.
Uno de los mayores abortistas de nuestros días, el Dr. Nathason, converso al catolicismo, afirma: Creía que la religión no tenía nada que ofrecerme, que era un lastre… Cuando estaba preparando el aborto del hijo concebido con su propia pareja afirma: Lloramos los dos por el niño que íbamos a perder y por nuestro amor, que sabíamos que iba a quedar irreparablemente dañado con lo que íbamos a hacer… Este fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto. Me sirvió de excursión iniciadora al satánico mundo del aborto… Yo tenía barcos, avionetas, fincas, mujeres… Era todo en base a una gran mentira, la mentira de que la persona en el vientre materno no vale nada… Como científico, no es que lo crea; es que se que la vida humana empieza en el momento de la concepción y debe ser inviolable… Y creo con todo mi corazón que existe una divinidad que nos ordena acabar para siempre con este infinitamente triste y vergonzoso crimen contra la humanidad…
Esta divinidad no es, evidentemente, el señor del mundo, sino Dios Creador y Padre, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.

Juan García Inza
Doctor en Derecho Canónico

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